El cultivo del arroz en España es prácticamente un monocultivo en zonas de marismas, estuarios, deltas y terrenos con alta salinidad, de mal drenaje o de una combinación de ambas. La mayor parte de estas zonas carecen de alternativas de cultivo viables agronómica y económicamente. En muchos casos, son zonas de especial protección (humedales, parques naturales, deltas, zonas ZEPA y Red Natura 2000) y de gran valor medioambiental. Destacan las Marismas del Guadalquivir (Andalucía), el Parque Natural del Delta del Ebro (Cataluña) y el Parque Nacional de la Albufera (Valencia).
El cultivo del arroz, si bien no supone un alto porcentaje del valor de la producción final agraria nacional, tiene una gran importancia en las regiones productoras en las que se concentra. Las explotaciones arroceras contribuyen a mantener el tejido económico y social generando empleo directo e indirecto en el campo, la industria conexa y resto de actividades relacionadas tales como el suministro de servicios agrícolas y logísticos.
Además, el cultivo del arroz juega un importante papel desde el punto de vista medioambiental y paisajístico, contribuye de manera determinante a la conservación y desarrollo de la avifauna y de todo el ecosistema.
Es un hecho que el sector arrocero ha dado grandes pasos en la apuesta por la calidad y diferenciación del producto, en las que es esencial una base de promoción e información a los consumidores de cara a su puesta en valor. Otras de las bazas de futuro de este sector, lo constituyen la mejora continua de sus procesos, la innovación varietal y las nuevas tecnologías, que se aplican de forma ascendente en el mismo.
Se trata de un sector no exento de desafíos y dificultades, tales como los efectos del cambio climático que derivan en restricciones de agua de riego ante sequías persistentes, o la menor competitividad frente al arroz de terceros países, con menores condicionantes agronómicos y medioambientales que los de la UE.